Era el cielo, que se iba…


Quisiera  dar las gracias a la REVISTA ALMIAR (Margen Cero). Han considerado para su publicación este relato  titulado “Era el cielo, que se iba…”

Revista bimestral – III Época

Nº 83 / noviembre-diciembre 2015

ISSN: 1696-4807

Revista Almiar. Revista bimestral digital. Revista cultural, multidisciplinar dirigida a los lectores de habla hispana.  La temática de las obras que publican es totalmente abierta y, aunque cuidan mucho la calidad, están abiertos a trabajos de autores noveles. Durante los últimos años también han convocado certámenes de relato y fotografía. Además, también tienen un foro sobre temas culturales.

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A small cup of coffee, By Julius Schorzman (Own work)
[CC BY-SA 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/
 http://www.margencero.com/almiar/

 

 

Hoy vino mi padre a ver pasar la mañana, a conversar un rato; a conversar sobre asuntos nimios, del azul de cielo, del olor del café recién tostado, del mal tiempo que se ha posado sobre esta Semana Santa…pero el hombre se ha puesto trascendente y me he quedado con el corazón a la intemperie, entre un blanquizal de dudas.

A priori, se presentaba una mañana de sábado como otra cualquiera: arreglar las cosas de la casa, releer a Gelman, recoger la caca del perro, pasear por la playa contando las olas… pero ha venido mi padre con toda su trascendencia a cuestas, y el día se ha virado como la neblina que transita entre las empinadas calles de Montmartre, durante esas largas tardes otoñales.

Cuando salió por la puerta, luego de hora y pico de conversación intercalada con algún que otro café, tuve ganas de trepanar la Tierra.

La trascendencia tiene consecuencias difíciles de imaginar, asociada a lo eterno, a lo esencial, implica reconocer nuestra poquedad, y eso resulta aterrador cuando se va engendrando años, engendrando años como si fueran embarazos no deseados.

Adoro a mi padre, me atormenta verle llagado de trascendencia.

Contemplar cómo envejecen los padres, reparar en cómo se extinguen, poco a poco, sin poder hacer nada por estancar el tiempo, por atemperar la angustia vital que les aguarda; hay que hacer como que miramos para otro lado, fingir que no nos damos cuenta, celebrar sus cumpleaños y soplar las velas con ímpetu, con mucho ímpetu, como para borrar las huellas cada vez más certeras de quien viene a arrebatárnoslos.

De repente, con seis años me encontré detrás del asiento trasero del viejo Austin color burdeos.

 

Llovía, mi padre silbaba al volante parsimoniosamente, olía a tierra mojada. Fue sólo un instante, el suficiente hasta que se anegó el cristal delantero y desapareció el camino, el camino de vuelta a casa…

Confesó, como si hablara consigo mismo, que hubo días en los que no pasaba por la puerta de la casa por no detenerse a escuchar la sempiterna matraquilla de su madre, la misma ringlera de recomendaciones: «abrígate, que te vas a poner malo y aféitate esa barba que pareces un hippy».

En sus ojos, mientras hablaba, contemplé un bosque donde los árboles jóvenes se iban arrastrando; horadaban la tierra con sus raíces hasta arrancarse de cuajo, se mudaban a cualquier otra parte donde brotar libres… lejos, muy lejos. Y en tanto que removía la cucharilla alrededor de la taza de café, me expresó su deseo de ser incinerado.

No supe qué ni cómo contestarle, me levanté a dejar las tazas.

—Cuando me hayan puesto el pijama de palo… podrías aderezar tu café matinal con una espléndida cucharadita de mis cenizas… —ironizó sonriéndome—. Después de todo, el buen café es como la vida misma: aromática, afrutada, ácida, con sabor a tierra y extrañamente dulce… por momentos —le oí decir mientras trasponía hacia la calle.

Según cerró la puerta, me dieron unas inmensas ganas de volver al viejo Austin color burdeos, pero me llegó el tintineo de la lluvia y el leve susurrar de las hojas del limonero. El olor de azahar penetraba en toda la estancia y finísimas gotitas nacaradas se colaban mojando el parqué, me daba pereza levantarme a cerrar el ventanal.

Entorné los ojos; desde la lucerna, un trozo de cielo azul se iba abriendo paso a regañadientes.

Y tres días después, con la mano temblorosa tomé una cucharilla y removí el café recién molido; allí en el patio, a la fresca, deleitándome con el suave aroma acaricié las nubes que marchaban.

Y me pareció que era el cielo, que se iba.

 

 

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