Retazos de familia


En la vida he visto llorar a nadie como al tío Antonio cuando perdió a su hija. Recuerdo que viajábamos hacia el hospital por la autovía, mi padre al volante y yo detrás. Era apenas una cría de doce años. Sí, lo recuerdo bien porque a la altura de un paraje, al que los lugareños llamaban La Laja , el tío Antonio le pidió a mi padre que se detuviese un momento porque necesitaba coger aire.

Desde el coche se divisaba, abajo, la hermosa playa de arena negra, y al frente, el océano.

El tío Antonio se apeó del coche y despaciosamente comenzó a caminar hacia los acantilados; era un día grisáceo, plúmbeo…la vista era espectacular, tanto, que me hacía sentir infinitamente diminuta. Permanecí ensimismada mirando hacia el horizonte en la parte trasera de viejo Sinca. 

Desde la explanada, a ambos laterales, colgaban los imponentes riscos; y vi el agua azulada deslizándose por encima de las piedras planas, enormes y azabaches, entre espumas que rompían en pequeñas olas bañadas por los escasos rayos solares que se dejaban ver tras las nubes…ensimismada, mirando hacia el horizonte.

Mi padre permaneció de pie, apoyado en el capó.

Mientras seguía con la mirada al tío Antonio, sacó un coronas negro y lo encendió pausadamente  dando un par de caladas, al tiempo que se sumía en un mar de pensamientos inescrutables.

No muy lejos, se divisaba el vetusto caserío marinero y el paseo con su baranda herrumbrosa y desconchada, pidiendo a gritos una mano de pintura.

El salitre lo comía todo.

Las casitas, blancas y azules, se adentraban en el mar y el olor a sebadal impregnaba la brisa.

El tío Antonio se arrodilló en una de las explanadas y quedó inmóvil mirando hacia algún punto del océano.

En ese momento me pregunté si mi padre y yo no abrigábamos, en nuestros corazones, el sentimiento intacto de la impotencia, ese que te hace alcanzar, de forma súbita, la comprensión absoluta de nuestra fragilidad.

Comenzó a caer una lluvia finísima, con la ventana bajada asomé la cabeza mientras chispaba; entonces divisé nítidamente su semblante.    

El tío Antonio lloró el cielo. Lloró,lloró y lloró como en la vida he visto llorar a nadie.

Y aquellas lágrimas empaparon las rocas basálticas mientras la espuma, inmaculada, las arrastraba mar adentro.

                                                                       

El tío Francisco Juan de Tenerife era señalero. Venía cada verano a pasar unos días con la familia. Hasta bien entrada la adolescencia, jamás pude imaginar a qué, exactamente, se dedicaba el tío Juan de Tenerife. Decía que aparcaba aviones, pero entonces, me sonaba a chiste… imaginaba a los pilotos, tipos atléticos, altos, rubios y varoniles, bajándose de la estrecha escalinata, dirigiéndose , llave en mano, al tío Juan de Tenerife … no, no me pegaba porque el tío Juan de Tenerife era más bien un señor bajito, orondo y calvo con pinta de fontanero pluriempleado.

El tío Juan de Tenerife animaba las tardes de aquellos veranos contando al detalle cada una de las características de los aviones que en su vida había visto. Hablaba del Boeing 747 como si hablara del mismísimo Apolo 11. Del DC 10, sin embargo, contaba  rayos y centellas después de que, al parecer, uno de ellos perdiera un motor tras despegar del aeropuerto internacional de O´ Hare, a las afueras de Chicago.

Calculo que de esta época datan mis recelos  a la hora de  volar, y es que el tío Juan de Tenerife no escatimaba detalles al recrear todos y cada uno de los accidentes de la aviación civil. Era algo que le apasionaba  sobremanera.

El verano del 77 el tío Juan de Tenerife ya no vino a visitarnos.

No lo volví a ver.

Dicen que estuvo recogiendo restos de cuerpos calcinados, a pie de pista, en el accidente más trágico de la historia de la aviación.

Según relataron por teléfono a la familia, un año después del accidente, era incapaz de comer carne y terminó por hacerse vegetariano. Cuentan que  al entrar en una carnicería le sobrecogía una amarga sensación de repugnancia, y que el miedo a volar ya  no le abandonaría nunca.

El tío Juan de Tenerife murió a los 80 años en su San Cristóbal de la Laguna, con el olor de la carne humana carbonizada, dentro de sus entrañas…

                                                                           

El tío abuelo, Diego Déniz, partió del muelle de La Luz de Gran Canaria hacia la isla de Cuba, allá por 1919, cuando apenas contaba con diecisiete años. Relataba mi abuela que esto aconteció durante el mes de agosto; ella era una niña, así que se lo debieron contar más tarde.

Dicen que el tío abuelo Diego, embarcó en un vapor de la naviera Pinillos que llevaba por nombre Valbanera. Tras partir del muelle de La Luz, recogió pasajeros en Tenerife y La Palma, encaminándose hacia la isla antillana con unos 1142 pasajeros, una gran parte, hacinados a bordo.

El correo llegó a Santiago de Cuba un día 5 de septiembre y allí, junto al tío abuelo Diego, desembarcaron 742 pasajeros más.

El tío abuelo Diego fundó una gran familia en Cienfuegos y no conforme, casose en segundas nupcias con una voluptuosa y rubia antillana que le brindó aún más descendencia.

En el verano de 1994 recibimos una noticia inesperada. Un individuo, que decía ser pariente de mi abuela, había llegado como balsero a las costas de Miami, y desde allí,  hasta el aeropuerto de Gran Canaria.

Después de varias gestiones, la abuela conoció al sobrino antillano y al poco tiempo murió tranquilamente, en su cama, diría que casi en paz, salvo con la gran pena de no haber podido volver a ver a su querido hermanito.

Con esta pena, en memoria de  la abuela, la familia se unió para procurarle al nuevo pariente de todo lo necesario, al menos, de lo suficiente como para recomenzar un proyecto de vida sin tantas penurias.  Sobre todo, después de las calamidades que el primo sufrió para alcanzar su sueño. 

Al primo Carlos, el cubano rubio de ojos verdes, le fue acondicionado un coqueto ático en la planta alta de la vivienda familiar;  amueblado con cama, sofá, nevera, cocina y lavadora, televisión y plancha… todo un lujazo para quien como él, había vivido con las estrecheces del trasnochado régimen castrista. Y viéndose de esta guisa, hizo propia la frase   “pa´trás ni pa´tomar impulso, brother”   

El primo Carlos, el cubano, entretenía nuestras tardes de domingo contando todo tipo de peripecias sobre su azaroza vida en Cienfuegos y en La Habana; también nos contó que había servido en la antigua Yugoslavia, pero esa, es una historia que dejaremos para otro día.

De este modo transcurrían los meses en el coqueto ático familiar… hasta que un buen día, mejor dicho, una buena mañana, fue descubierto ebrio, bajando la escalera en paños menores, abrazado a dos  tremendas fulanas de cuerpos esculturales y acento extranjero. 

Ipso facto, al primo se le acabó la dolce vita  y fue puesto de patitas en la calle sin la más mínima contemplación. Se le terminaron de golpe y porrazo los viajes pagados a Tenerife como instructor de béisbol, otro chollito que se había agenciado aquí en la isla. 

El tío abuelo, Diego Déniz, no sabemos qué clase de hombre era, sólo que nos dejó en herencia a su vástago, un cubano rubio de ojos verdes que hubiera pasado por finlandés y que por un tiempito, más bien largo, nos tomó por primos, primos, primos…

                                                                         …

Continuará.

pescadores

Foto de Manuel Almeida. Grupo de pescadores, al amanecer, en el muelle del barrio marinero de San Cristóbal – Las Palmas de Gran Canaria-

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