Amaneció y se hizo la noche


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Amaneció… y se hizo la noche inmensa;

 

me sentí como árbol en la sabana.

 

Transcurría el mes de  agosto y lloraba torrencialmente;

día tras otro, como si se hubieran juntado todas,

 las lágrimas de San Lorenzo,

y saliesen por mis ojos mientras quemaban al santo en la hoguera.

 

Perseo me robó el pensamiento y fue en tu busca,

 sin consultarme, porque por entonces, mi pensamiento

 vagaba suelto por el mundo, sin bozal.

 

 Y así transcurrió el tiempo.

¡Cómo hubiera  querido encontrarte en la parte más austral 

 del universo!

 

Galopan los caballos desbocados entre la calima,

 la persistencia de la memoria derrite las horas.

 

Amanece y se hace la noche.

 

El viento sacude las hojas de los árboles en ese espacio inaccesible.

 

 

Fue entonces que nadé, nadé… por setenta días para regresar a mí,

a través de la ciénaga y del campo de malezas,

 hasta llegar a una tierra con corazón de mujer,

 brazos de lentisco y alma de coral.

 

¡Cuánto nadé! 

 

Se me desgastaron los brazos

y me  volvieron a parir, entre cantos de harimaguadas y tañir de caracolas.  

 

Amanecí en la playa desnuda, y me encontré

 

Anocheció… se hizo el día.

 

Y ya no lloré más.

[…]